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Segunda época. Año XXII. N° 326

Roma, 22 de marzo de 2016

Santo Toribio de Mogrovejo

Homilía predicada por el R.P. Carlos Walker, el día 6 de diciembre de 2015, en ocasión de la Toma de hábito de 15 Novicias en Italia

Quiero agradecer muy especialmente a la M. María de Jesús Doliente por la invitación a predicar en esta Misa de Toma de hábito. Es para mí un honor y una alegría muy grande presidir esta Santa Misa en la cual un grupo de Novicias va a recibir el hábito religioso.

El Credo que profesamos habla de la existencia de dos mundos, “el visible y el invisible”. Hay un mundo maravilloso que vemos con los ojos del cuerpo y otro mundo más maravilloso aún que no vemos de este modo.

Todo lo que aparece ante nuestros ojos es parte de un mundo. Es un mundo inmenso, que llega hasta las estrellas. Este mundo comprende todo lo que se ve.

Además de este mundo que vemos, está el otro mundo, igualmente próximo a nosotros pero mucho más maravilloso, que solo puede ser alcanzado mediante la fe. A nuestro alrededor hay innumerables ángeles, que van y vienen, y que aun cuando no los vemos, velan constantemente por nosotros. Allí están también las almas de nuestros seres queridos que ya han partido de entre nosotros. 

En el mundo que no vemos está Dios, que existe de un modo más real y absoluto que todas las cosas que podemos percibir con nuestros sentidos.

Ahora bien, aunque invisible, este otro mundo está presente ahora. El Reino de Dios está dentro de nosotros (cf. Lc 17,21). Por esto, nosotros “no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Co 4,18), nos dice San Pablo. Y también, “nuestra conversación está en el cielo” (Fil 3,20); y “vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3).

Es evidente que el mundo que vemos es el escenario de un gran conflicto, o sea del antiguo conflicto entre el bien y el mal. Pero es en el mundo invisible donde se libran las principales batallas: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en el aire” (Ef 6,12), dice San Pablo.

Entonces, hay aquí una gran paradoja: para poder comprender el mundo visible es necesario mirar aquel invisible. Dicho en otras palabras, sin el mundo invisible esta vida verdaderamente no tiene sentido.

El cardenal Newman en una célebre homilía que lleva el título “La cruz de Cristo, medida de todas las cosas”, dice que la llave para pensar y hablar correctamente acerca del mundo visible no es otra que la Cruz de Cristo. La Cruz ha dado el verdadero valor a todas las cosas que vemos.

 “¿Quieres saber cómo apreciar cada cosa?”, dice el beato Newman, “Mira fijamente la Cruz. En la Cruz y en Aquél que cuelga de ella, se encuentran todas las cosas... La Cruz es el centro de todas las cosas y su clave de interpretación. Porque Él, al ser levantado sobre ella, pudo atraer a todos los hombres y a todas las cosas hacia Sí”.

La Cruz nos proporciona el verdadero significado a los problemas, tentaciones y sufrimientos de este mundo. De este modo, la Cruz nos enseña a vivir, y a usar adecuadamente de este mundo. Nos indica qué debemos esperar, qué desear, y en qué debemos confiar.

La sabiduría de la Cruz no aparece a simple vista o ante una mirada superficial. Se trata de una doctrina escondida, que yace bajo un velo, pero que sin embargo contiene la clave de interpretación y el verdadero sentido de esta vida.

El Papa Francisco lo decía hace unos días: “el triunfo de Jesús al final de los tiempos será el triunfo de la Cruz, la demostración de que el sacrificio de sí mismo por amor al prójimo, a imitación de Cristo, es la única potencia victoriosa y el único punto seguro en medio de los acontecimientos y las tragedias del mundo” (Ángelus 15-XI-15).

Pienso con gran alegría que luego de esta santa Misa estas Novicias llevarán la Cruz de Cristo - bajo la forma de la Cruz de Matará - a todos, por todas partes, y para toda su vida.

La sola presencia de las religiosas, su hábito, es un recuerdo del mundo invisible. Todo lo que hace un alma consagrada, su misma presencia, es un recuerdo de la existencia del mundo invisible.

Ya sea que se encuentre rezando en la iglesia, o en la escuela enseñando a los niños, o realizando obras de caridad, visitando a los pobres, enfermos, o minusválidos, la vida entera de una religiosa está entregada a realidades invisibles. Todo lo que intenta hacer es recordar a los hombres que el tiempo es breve, y una eternidad nos espera. 

Pienso entonces en toda la gente que por la presencia y el testimonio de estas hermanas se acordarán de Dios: en sus futuros apostolados, dondequiera su Congregación las envíe: sea trabajando con niños, o con jóvenes, en las escuelas, en las parroquias, en hogares de caridad, o en sus visitas a las familias. Pienso en los niños y en los jóvenes que por el contacto con estas hermanas quedarán marcados para toda su vida. Lo mismo sucederá cuando estén en sus casas junto a sus parientes y amigos.

Cuando en las vicisitudes de esta vida se encuentren con gente que no cree en Dios y en las realidades invisibles, que ha perdido la esperanza y por tanto lleva en su interior un profundo vacío, cuando encuentren gente que tiene una profunda necesidad de ver el mundo tal como Dios lo ve, estas hermanas podrán recordarles que existe otro mundo más maravilloso que el que vemos, y que Dios está más cerca de nosotros de cuanto podemos imaginar.

Estas jóvenes hermanas llevarán a cabo en sus vidas la empresa más importante, la más segura y más hermosa que se pueda pensar: la de llevar a todos, con la Cruz, la luz de Cristo. Darán testimonio de la Cruz a cuantos han olvidado sus promesas bautismales, y ya no saben distinguir entre el bien y el mal.

Y a partir de ahora harán esto siempre y en todas partes: cuando vayan de compras, cuando caminen por la calle, o cuando estén de viaje, en el tren, en ómnibus o en avión… Esto sucederá aquí y en la misión a la que sean destinadas en el futuro. Y sucederá a partir de ahora, por todos los días de su vida, y hasta el último respiro…

En su libro Dio o niente (Dios o nada), dice el cardenal Robert Sarah, recordando la obra de los padres misioneros en su pequeño pueblo natal en Guinea: “Agradezco a los misioneros que me han hecho comprender que la Cruz es el centro del mundo, el corazón de la humanidad y el punto de anclaje de nuestra estabilidad. De hecho, no existe un solo punto fijo en este mundo para asegurar el equilibrio y la solidez del hombre. Todo el resto es movible, cambiante, efímero e incierto: ‘Stat Crux, dum volvitur orbis’ (‘Solamente la Cruz permanece estable, mientras el mundo gira alrededor de ella’). El calvario es el punto más alto del mundo, del cual podemos ver todo con ojos diversos, con los ojos de la fe, de amor y del martirio: los ojos de Cristo”[1].

Estas hermanas nos recuerdan que debemos “buscar primero el Reino de Dios y su justicia” y de este modo todas las cosas de este mundo “nos serán añadidas” (cf. Mt 6,33). Y que “sólo les será posible gozar verdaderamente de este mundo a aquellos que comiencen por el mundo invisible”, como dice el beato cardenal Newman, “sólo podrán gozarlo quienes primero se hayan abstenido de él. Sólo podrán festejar verdaderamente el banquete los que primero hubieren ayunado. Sólo son capaces de usar de este mundo quienes han aprendido a no abusar de él. Sólo lo heredan los que lo han tomado como una sombra del mundo venidero, y quienes por ese mundo venidero lo ceden”.

Que María Santísima proteja siempre bajo su manto a estas Novicias.




[1]Robert Sarah, Dio o niente, Catntagalli, 2015, p. 27.

Toma de hábito de 15 Novicias Servidoras en Italia

Inauguración y bendición de la clausura del Monasterio “Ecce Homo”, en Valkenburg, Holanda

Queremos comenzar esta crónica con esta frase tomada de nuestra Regla Monástica, que resume la finalidad de nuestra vida contemplativa y que da sentido a lo que hemos vivido al inaugurar la clausura en nuestro Monasterio. El texto entero de nuestra regla dice así: “Su finalidad será vivir sólo para Dios: éste es el enérgico resumen que proclama todo el deseo que Dios puso en el corazón de cada monja contemplativa. No ya sólo vivir en presencia de Dios sinovivir para sólo Dios, sin más intención que Dios”[1].

Este querer vivir sólo para Dios es lo que queremos significar con la separación material, que se transforma en un signo elocuente de nuestro apartamiento del mundo para pertenecerle sólo a Él. Y así se lo hemos explicado a nuestros amigos y bienhechores que nos han acompañado y ayudado en estos días de gracias especiales.

El sábado 20 de febrero tuvimos la santa Misa celebrada por nuestro obispo Mons. Wiertz y concelebrada por los padres Mario Rojas, IVE y A. van Griensven ofm. Concluida la santa Misa tuvo lugar la bendición del locutorio, portería, etc. Fue un día de fiesta y gran alegría para nuestra comunidad y para nuestros amigos que tanto nos han ayudado para que esto fuera posible.

Para nosotras ha sido como un gran milagro el hecho de poder tener la clausura material, aquí en Holanda, donde en muchas ocasiones se han quitado los “signos” que remiten a las realidades sobrenaturales o que manifiestan abiertamente ante el mundo la consagración a Dios. No dejamos de admirarnos del modo como se dieron las cosas, como si Dios nos hubiera apurado a dar este paso. En todo este tiempo hemos podido palpar la mano providente de Dios que guiaba y disponía todo, sin que nos quedara duda de que esta era Su obra y de que Él lo quería.

Hace ya ocho años llegaron las primeras Servidoras a este Monasterio de Valkenburg, en el sur de Holanda, para comenzar una experiencia de convivencia en un mismo Monasterio junto con las hermanas Benedictinas de Adoración Perpetua con la finalidad, sobre todo, de ayudarlas para permitirles continuar su vida religiosa en el convento y terminar sus días en su propio Monasterio, además de continuar la obra por ellas comenzada y conservar el Monasterio como lugar dedicado a la oración.

Esta historia de poner los medios para la separación material en los locutorios, comenzó más formalmente a tratarse el año pasado cuando las hermanas Benedictinas, de “motu propio”, nos dijeron que ellas habían estado pensando, y veían que ya era llegado el momento de que nosotras pudiéramos concretar la clausura según nuestra regla. Que ellas nos apoyaban. En ese momento nosotras no estábamos pensando en esto, creíamos que se debería esperar un poco más, y por supuesto no contábamos con los medios materiales para comenzar las obras de adaptación de los locutorios, ya que para poner las rejas había que hacer muchas adaptaciones en todo el sector de hospedería, de modo que pudiéramos continuar asistiendo a los huéspedes desde la clausura. No sólo había que dividir locutorios, sino adaptar la portería, cambiar de lugar la cocina y comedor de los huéspedes.

Podemos decir que fueron ellas, las Benedictinas, y nuestros bienhechores los que nos “apuraron”. Nosotras veíamos cómo se iban desarrollando las cosas, y no nos quedaba duda de que Dios estaba moviendo las voluntades de mucha gente para que esto se concretase. Una serie de cosas agilizaron el asunto: un arquitecto amigo al que hacía mucho tiempo se le habían pedido planos para una posible adaptación, presentó inesperadamente el trabajo ya hecho. Al suceder esto, uno de nuestros bienhechores nos dijo: “el año próximo debemos empezar”. Como no contábamos con los medios necesarios presentamos un proyecto pidiendo un subsidio y después de esperar unos meses respondieron afirmativamente. Otra cosa que faltaba eran “las rejas”, aparecieron sin que las buscáramos. Nos ofrecieron las rejas que habían protegido una capilla del Santísimo, de una iglesia que tristemente se había cerrado.

Además de estas cuestiones materiales o económicas que Dios dispuso como suele hacer, mucho mejor de lo que nosotras podíamos desear o pensar, fue disponiendo de modo más admirable los ánimos de nuestros amigos y bienhechores para entender y aceptar este nuevo modo de clausura... 

Fue del todo sorprendente cómo ellos entendieron aquello que describe tan hermosamente nuestro Padre fundador: “La clausura, que el mismo amor se ha construido para mantener su intimidad con Dios y su desarrollo, no hace más que avivar los deseos de salvar almas en el corazón de la religiosa”[2]. Entendieron que no es un encerrarse egoísta, sino una entrega mayor por la salvación de las almas. Que “la vida de clausura vivida en plena fidelidad, no aleja de la Iglesia ni impide un apostolado eficaz”, que“los monasterios son comunidades de oración en medio de las comunidades cristianas a las que prestan apoyo, aliento y esperanza”[3].

Los vimos incluso a algunos, que al principio les costaba más entenderlo, explicarles a los otros su significado como quien siempre lo ha comprendido. Dios iba cambiando y obrando en ellos lo que nosotras con muchas explicaciones no hubiéramos podido. Gente que pensábamos que se opondría, nos apoyó completamente.

Entendieron también que es parte de nuestra misión y vocación en la Iglesia y que debemos ser fieles en su cumplimiento, como nos lo pedía también San Juan Pablo II a las contemplativas: “Para corresponder a esta sublime vocación de estar en “el corazón de la Iglesia” se les pide una cosa sola: ocuparse únicamente de Dios, testimoniar el primado del Amor donándose a Dios sumamente amado. Y aquí está la eficacia de vuestra presencia, la fuerza de vuestra actividad apostólica: en la radicalidad evangélica de vuestra misma vida”[4].

Es muy claro el testimonio que se da con las rejas, y por gracia de Dios ya empezamos a ver los frutos de este testimonio más fuerte, de un signo que manifiesta radicalmente que queremos vivir para sólo Dios. De este testimonio de lo sobrenatural que debemos dar al mundo hablaba también San Juan Pablo II en otra ocasión a las religiosas de clausura:

“Vuestra vida, con su separación del mundo expresa en modo concreto y eficaz, proclama el primado de Dios. Constituye un llamado constante a la preeminencia de la contemplación sobre la acción, de lo eterno sobre lo temporal” “¡Que vuestra presencia grite al mundo que os circunda que Dios es, que Dios es amor, que aún fascina los corazones y que sólo El da valor a las cosas!”[5].

Queremos dar gracias a Dios por tantas gracias recibidas en estos años y por el inestimable don de la vocación contemplativa. A nuestro fundador que nos ha enseñado a vivir la vida consagrada y a todas nuestras superioras que nos ayudan a hacerlo posible.

Hermanas del Monasterio “Ecce Homo”




[1]Regla Monástica, 9

[2]Sermón “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”.

[3]SS. Juan Pablo II – Discurso a las Religiosas de Clausura en el Monasterio de la Encarnación, Ávila, 1982

[4]SS. Juan Pablo II – Discurso a las Religiosas de Clausura de Romagna, 1986

[5]SS. Juan Pablo II – Discurso a las Religiosas de Clausura en la Catedral de Bologna, 1997

Servidoras Inauguración y bendición de la clausura del Monasterio “Ecce Homo”, en Valkenburg, Holanda
Servidoras Inauguración y bendición de la clausura del Monasterio “Ecce Homo”, en Valkenburg, Holanda
Servidoras Inauguración y bendición de la clausura del Monasterio “Ecce Homo”, en Valkenburg, Holanda
Servidoras Inauguración y bendición de la clausura del Monasterio “Ecce Homo”, en Valkenburg, Holanda
Servidoras Inauguración y bendición de la clausura del Monasterio “Ecce Homo”, en Valkenburg, Holanda