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Segunda época. Año XXII. N° 327

Roma, 31 de mayo de 2016

Fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María

Homilía del R.P. Carlos Walker en la Solemnidad de “Nuestra Señora de Luján”

La caridad en la Virgen María

Quisiera hablar sobre la caridad en María Santísima. De su amor a Dios y por tanto su amor hacia nosotros. Sabemos que la intensidad de la caridad en un alma estáen proporción directa con el grado de gracia en la misma, de tal suerte que cuanto mayor es la gracia, mayor es la caridad.

Dios amó a la Virgen de modo totalmente singular, ya que la previno con toda clase de bendiciones, hasta tal punto que la eligió como madre suya colocándola en la cumbre de toda la creación. La colmó con el don de la plenitud de gracia desde su misma concepción, pero además esa plenitud de gracia en María Santísima creció durante toda su vida con un crecimiento uniformemente acelerado.

El amor de la Virgen María hacia Dios y hacia el prójimo no será nunca alcanzado por ninguna creatura.

Santo Tomás enseña que la perfección de la caridad se puede entender de dos maneras: por parte del amado y por parte del que ama[1]. Por parte del amado (perfección objetiva), no hay duda que ninguna creatura puede amar adecuadamente a Dios. Nadie puede amar a Dios cuanto Dios puede ser amado. Pero por parte del que ama (perfección subjetiva), dice que es perfecta la caridad cuando uno ama a Dios todo cuanto le es posible amarlo.

Y en este último sentido, se puede decir que la caridad es perfecta cuando el corazón está actual y constantemente arrobado en Dios[2]. Este es el caso de los justos en el cielo, ya que en la tierra no es posible llegar a este estado. Es imposible debido a la inestabilidad propia de esta vida. No podemos pensar y amar en forma actual y siempre a Dios. De otro modo, se puede decir que la caridad es subjetivamente perfecta cuando el hombre pone todo su empeño en consagrarse a Dios y a las cosas de Dios con toda la diligencia que pueda, incluso dejando de lado todo cuanto no nos es absolutamente necesario, y ésta sí es posible en esta vida, pero se da raramente. Por último, Santo Tomás dice que la caridad es perfecta cuando uno pone habitualmente todo su corazón en Dios, no pensando y no queriendo nada que sea contrario a la voluntad divina, y ésta es la perfección común en los que tienen la virtud de la caridad.

La caridad de la Virgen fue subjetivamente perfecta, yen sumo grado. Dice Santo Tomás que por un privilegio especial, María se sentía como arrastrada por la atracción de Dios a la manera de los bienaventurados, no por la visión sino por la asiduidad de la contemplación y por las luces con que Dios la visitaba. María amó y ama a Dios aún más que los bienaventurados en el cielo.

Asimismo, María se entregó a Dios con más perfección que cualquier otro santo, estando totalmente libre del influjo negativo de las pasiones, y ajena a toda distracción y desorden.

Finalmente, María ponía todo su corazón en Dios, de modo que conscientemente no pensó nada ni quiso absolutamente nada contrario a la voluntad divina. Más aún, decirle que “no” a Dios ni se le presentaba como una opción, como materia de elección, ya que su voluntad estaba enteramente sometida a la voluntad de Dios.

San Bernardino de Siena dice: “Amaba a Dios tanto cuanto entendía que debía ser amado por ella. ¿Quién puede expresar con cuánto ardor lo amaba de todo corazón, esto es, sobre todas las cosas temporales del mundo; con toda su alma, esto es, sobre las exigencias de su cuerpo y de su carne; y con toda su mente, esto es, sobre todas las cosas superiores, espirituales y celestiales?” (Serm. 51).

Pero hay más. La Virgen María no sólo amaba con todo su corazón al Dios Uno y Trino, sino que su caridad se extendía a su Hijo en su humanidad.

La Virgen amaba principalmente a su Hijo en cuanto Dios, pero, por supuesto, no por esto no lo amaba en su naturaleza humana. La afectividad de la Virgen había sido preparada por la providencia para ser nada menos que la madre - verdadera madre - de Cristo. Ella amó a Cristo con un amor incomparablemente mayor que cualquier otra madre.

Es decir, amó a Cristo tanto por amor sobrenatural de caridad como por amor natural, materno. La caridad asume y eleva todos los amores humanos, y por lo mismo, en la Virgen ambos amores se unieron de tal suerte que todo su amor natural estaba plenamente sobrenaturalizado. De este modo, en María no existía una oposición, o dicotomía, entre su amor materno y la virtud teologal de la caridad, como puede llegar a suceder en una madre que ama mucho a su hijo pero que en algún momento la voluntad de Dios le puede crear un cierto conflicto interno. En María, en cambio, se daba una perfecta armonía entre ambos amores.

La Virgen María experimentó con gran profundidad el amor preferencial de su Hijo hacia ella. Considerando todos los privilegios de gracia que Él le había concedido, haciéndola su propia madre, mientras“conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2,51), no podía sino amarlo intensamente. Uno de los motivos de conveniencia para la Encarnación enumerados por Santo Tomás es precisamente el de llevarnos al amor de lo invisible al vernos visiblemente tan amados por Dios. Pero esto se aplica en primer lugar a la Virgen, que vivió tan cerca de Cristo, es más, que lo concibió, lo dio a luz y lo educó como madre durante 30 años.

Dado que, siendo un solo y único hábito, la caridad mira a Dios y al prójimo, María Santísima también nos ama entrañablemente a nosotros como a sus hijos. Cuando se le presentó el Arcángel San Gabriel, le propuso ser la Madre de Cristo, quien reinaría en la casa de Jacob por los siglos, y cuyo reino no tendría fin (cf. Lc 1,33). Y esto es lo queella aceptó. De modo que, desde el mismo inicio, no se trataba meramente de una relación personal y por así decir “privada” entre María y Jesús, sino que Ella aceptó ser la madre de Cristo, nuestro Salvador –y con ello aceptó ser nuestra madre. Estaba en el plan de Dios que nosotros fuéramos sus hijos. De modo que así como Dios la preparó para ser la madre de Cristo, también Dios la preparó para ser nuestra madre.

Y así como no existe una dicotomía entre el amor sobrenatural de María y su amor de madre hacia Jesús, sino que en ella hay una perfecta armonía entre ambos amores; así también María nos ama como una verdadera madre, con todo lo que esto comporta. Es a su amor de madre que le hemos costado tantas lágrimas. Podemos pensar en una madre, por ejemplo, que tiene un hijo con alguna dificultad o incluso un límite particular, cómo precisamente por el hecho de ser su madre, se desvive, sufre y se alegra más por ese hijo que por todos los otros.

De la caridad ardiente de María para con nosotros, sus hijos, dice San Luis María: “Ella los ama con ternura, con mayor ternura que todas las madres juntas. Reúnan, si pueden, todo el amor natural que todas las madres del mundo tienen a sus hijos, en el corazón de una sola madre hacia su hijo único: ciertamente, esta madre amaría mucho a ese hijo. María, sin embargo, ama en verdad más tiernamente a sus hijos de cuanto esta madre amaría al suyo” (Verdadera Devoción, n. 202).

 Estas expresiones no son un exceso de piedad… “Esta maternidad de María en la economía de gracia perdura sin cesar […] Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora” (Lumen Gentium, nn. 61-62).

La vida de María Santísima no fue para nada fácil…, en particular en todo cuanto miraba a su rol de madre de Cristo y madre nuestra. Pero ella gozaba plenamente de los frutos del Espíritu Santo, y en particular de aquellos que emanan de la caridad: el gozo espiritual, la paz y la misericordia con los pecadores. En medio de las tribulaciones, que no le faltaron, de las desolaciones, las incomprensiones y aflicciones interiores y exteriores, el alma de María se mantuvo siempre en una paz imperturbable.

No cabe duda que uno de los dones más grandes que Dios nos ha hecho es el de habernos dado a su propia madre. Recurramos siempre con entera confianza a ella, ya que de un modo especial la hemos tomado por madre nuestra. De ella dice la Escritura: “Yo soy la madre del amor, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza” (Eccl 24,24).

Tengamos siempre en cuenta la recomendación de San Bernardo:

Que su nombre nunca se aparte de tus labios, jamás abandone tu corazón; y para alcanzar el socorro de su intercesión, no descuides los ejemplos de su vida.

Siguiéndola, no te extraviarás, rezándole, no desesperarás, pensando en Ella, evitarás todo error.

Si Ella te sustenta, no caerás; si Ella te protege, nada tendrás que temer; si Ella te conduce, no te cansarás; si Ella te es favorable, alcanzarás el fin.

Por eso, con San Juan Pablo II, le decimos:

Virgen Madre de Dios, haz que yo sea todo tuyo. Tuyo en la vida, tuyo en la muerte, tuyo en el sufrimiento, en el miedo, en la miseria, tuyo en la cruz y en el doloroso desconsuelo, tuyo en el tiempo y en la eternidad. Virgen Madre de Dios, haz que yo sea todo tuyo. Amén.




[1]Cf. Santo Tomás, S. Th. II-II 24,8.

[2]Cf. Antonio Royo Marín, O.P., La Virgen María, Madrid, BAC 1997, pp. 280 ss.

Virgen de Lujan - IVE - Servidoras

Poesía de Isabel Woites de Berarducci, mamá de la religiosa María Madre de Mártires

Poesía escrita por Isabel Woites de Berarducci, mamá de la religiosa María Madre de Mártires y de un sacerdote y un seminarista de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado

 

Dedico esta poesía a todas las Novicias y Religiosas del Instituto
con el deseo de que sean siempre fieles a ese carisma
tan particular de la alegría que les imprimió el Fundador,
y que tanto bien hace al mundo

 

Detuvo un instante la vista por su obra el Creador,

en las tierras del argentum y hasta de sí se admiró.

-¡Qué acuarela perfecta! agua, cielo y roca son.

Si tan sólo hablar pudieran, ¿quién negaría mi amor?

Como a aquel hombre primero -el del país del Edén-

eligió uno de entre muchos y a éste durmió también.

Le hizo soñar un sueño. Sueño de niño soñó;

donde las cosas reviven y giran en derredor.

Agua, cielo y roca allí, sonrientes, eran presencia de Dios.

Despertó por fin del sueño seguro en su decisión:

-Que si enmudecen los hombres, haré que hable

de mi Patria su paisaje, ¡tal como lo anhela Dios!

Las nubes se hicieron velo, la roca en vestido mutó,

y el agua en su azul intenso dieron distintivo color.

¡Agua, cielo y roca trocaron en Novicias del Señor!

Y los hombres no lo entendieron.  Pero sí lo entendió el Señor.

Y viendo Dios que era muy bueno, aquel día descansó.

Isabel Woites de Berarducci

 

Servidoras Novicias en Argentina