1. Introducción:

“Estáis obligados a amar a vuestro prójimo como a vosotros mismos y este amor os impone un deber de asistirle con la oración, con la palabra, con el consejo y procurarle todas las ayudas espirituales o temporales, según la medida de sus necesidades”[1].

Catalina entiende perfectamente que el amor al prójimo es el resultante de la gratitud y del amor que le debemos a Dios, pues como señala San Juan en su primera carta, “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; porque el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn. 4,20). Esta doctrina sobre la virtud de la caridad enardeció tanto su amor esponsal y maternal, que la transformó en una llama ardiente, continuamente alimentada ante las miserias y necesidades de las almas. Es el exceso de ese amor lo que la impulsa cuando escribe a Daniela de Orvieto: “si ves peligro en las almas, y puedes socorrerlas, no cierres los ojos, sino intenta ayudarlas con toda solicitud hasta la muerte… Todo nuestro principio y fundamento se basa exclusivamente en la caridad con Dios y con el prójimo. Las demás prácticas son instrumentos y edificios levantados sobre esa base.” (Carta 316).

  1. Naturaleza y Gracia:

Miramos hoy a Santa Catalina ante todo para admirar en ella lo que inmediatamente
impresionaba a cuantos se la acercaron: la extraordinaria riqueza de humanidad, que nada ofuscó, sino que más bien aumentó y perfeccionó la gracia, que hacía de ella casi una imagen viviente de ese auténtico y sano “humanismo” cristiano, cuya ley fundamental fue formulada por el hermano y maestro de Catalina, Santo Tomás de Aquino, con el conocido aforisma: “La gracia no suprime a la naturaleza, sino que la supone y perfecciona” ( S. Th. I, q. 1, a. 8, ad 2). El hombre de dimensiones completas es aquel que se realiza en la gracia de Cristo.

Cuando en mi ministerio insisto en llamar la atención de todos sobre la dignidad y los valores del hombre, que hoy es necesario defender, respetar y servir, hablo sobre todo de esta naturaleza salida de las manos del Creador y renovada en la sangre de Cristo redentor: una naturaleza buena en sí, y por lo tanto sanable en sus debilidades y perfectible en sus dotes, llamada a recibir eso “de más” que la hace partícipe de la naturaleza divina y de la “vida eterna”. Cuando este elemento sobrenatural se injerta en el hombre y puede actuar allí con toda su fuerza, se tiene el prodigio de la “nueva creatura”, que en su altura trascendente no anula, sino que hace más rico, más denso, más sólido lo que es simplemente humano.

Así nuestra Santa, en su naturaleza de mujer dotada abundantemente de fantasía, de intuición, de sensibilidad, de vigor volitivo y operativo, de capacidad y de fuerza comunicativa, de disponibilidad a la entrega de sí y al servicio, se transfigura, pero no empobrecida, en la luz de Cristo que la llama a ser su esposa y a identificarse místicamente con Él en la profundidad del “conocimiento interior”, como también a comprometerse en la acción caritativa, social e incluso política, en medio de grandes y pequeños, de ricos y pobres, de doctos e ignorantes. Y ella, casi analfabeta, es capaz de hacerse oír, y leer, y ser tenida en cuenta por gobernadores de ciudades y de reinos, por príncipes y prelados de la Iglesia, por monjes y teólogos, muchos de los cuales la veneraban incluso como “maestra” y “madre”.

Es una mujer prodigiosa, que en esa segunda mitad del siglo XIV muestra en sí de lo que es capaz una criatura humana –insisto-, una mujer hija de humildes tintoreros, cuando sabe escuchar la voz del único Pastor y Maestro, y nutrirse en la mesa del Esposo divino, al que, como “virgen prudente”, ha consagrado generosamente su vida. Se trata de una obra maestra de la gracia renovadora y elevadora de la criatura hasta la perfección de la santidad, que es también realización plena de los valores fundamentales de la humanidad[2].

  1. Espiritualidad encarnada en la historia:

Alguno podría asombrarse de esta religiosa convertida en intermediaria de paz entre las ciudades toscanas, embajadora de Florencia ante el Papa, totalmente ocupada en desarrollar una obra que no era inmediatamente de carácter religioso. Pero la Santa fue impulsada a compromiso tan grande, infatigable y gravoso por un resorte secreto, por una razón profunda que ilumina y esclarece todo el vigor de esas empresas: esto es, su amor por Cristo y por el hombre. Catalina anhela con todas sus fuerzas la salvación integral del hombre, su hermano, al que ella ama sin fronteras ni reservas en Cristo Señor, y al que quiere ayudar válidamente no sólo con miras a la felicidad eterna, sino también en la fatiga cotidiana de la experiencia terrestre. Si algunos santos, como San Francisco, han captado y amado a Dios particularmente en la creación, Catalina ha percibido y amado al Redentor en las vicisitudes personales del hombre, de cada uno de los hombres, y en el esfuerzo con que construye una convivencia terrena, conforme con la propia dignidad. La espiritualidad de Catalina no acepta evasiones, sino que está extremadamente encarnada en la historia. Se ha dicho justamente que el “cielo” de Catalina está hecho por hombres que tiene que salvar, por hombres rescatados por la sangre inestimable del Cordero[3].

El impulso interior del Maestro divino despertó en ella una especie de humanidad creciente.
Por lo cual, aunque era hija de artesanos y analfabeta por no haber tenido estudios ni instrucción, comprendió, sin embargo, las necesidades del mundo de su tiempo con tal inteligencia que superó con mucho los límites del lugar donde vivía, hasta el punto de extender su acción hacia toda la sociedad de los hombres; no había ya modo de detener su valentía, ni su ansia por la salvación de las almas. Ella misma cuenta que un día el Señor le “puso ‘una cruz al cuello y un ramo de olivo en la mano’, para que los llevara a uno y otro pueblo, el cristiano y el infiel, como si Cristo la transportase a sus propias dimensiones universales de la salvación” (Carta 219 o LXV).

Sin embargo, el progreso espiritual no está limitado al ámbito de cada persona. Santa Catalina sabe muy bien, como todos los santos, que existen los demás y que el prójimo tiene una gran importancia; y se da perfecta cuenta de que el amor del prójimo está íntimamente ligado al amor de Dios… Suya es la sorprendente afirmación, puesta en boca de Cristo: “Te haré saber que toda virtud se hace por medio del prójimo, así como todo defecto” (Diálogo, c. 6). Lo que quiere decir Catalina es que, por la comunión de la caridad y de la gracia, el prójimo queda siempre envuelto en el bien y en el mal que hacemos… pero su pensamiento va más allá de las palabras; el prójimo es el “instrumento” por excelencia para la actuación de la caridad, el lugar donde toda virtud se ejercita necesariamente, cuando no exclusivamente.

En boca del mismo Eterno Padre pone estas palabras: “El alma que realmente me ama, es útil de ese modo a su prójimo… y cuanto me ama a mí tanto ama a él, porque el amor al prójimo procede de Mí. Ese es el medio que Yo os he proporcionado para que ejercitéis y probéis la virtud en vosotros; ya que no pudiendo ser útiles a Mí, lo seáis para con el prójimo” (Diálogo, c. 7).

De este principio, repetido innumerables veces, se deduce que el prójimo es el terreno en el que principalmente se expresan, se ejercitan, se prueban y se miden la caridad fraterna, la paciencia, la justicia social. Porque en el trato cotidiano con los demás, los mismos contrastes pueden ser ocasión para ejercer la virtud (Cf. Diálogo c. 7-8) y, permaneciendo firme la comparación existencial con el amor de Dios, “con la misma perfección con que amamos a Dios, amamos también a la criatura racional” (Carta 263; cf. Diálogo c. 7 y 64).
La insistencia de Catalina en el tema de la necesidad de solidaridad humana, la lleva también a demostrar la raíz profunda de la fraternidad humana enseñada por Cristo. Viviendo en esta realidad, cada hombre es como un complemento de los demás. La divina Providencia les dotó de cualidades físicas y morales diferenciadas, para que cada uno tenga necesidad de los demás, “de modo que, forzosamente, tengan materia para usar la caridad mutuamente” (Diálogo, c. 7) y todos estén ligados por la necesidad de la ayuda recíproca, “como los miembros del cuerpo” (Diálogo, c. 148)[4].

  1. Seguir su ejemplo:

El amor a Dios, a Cristo, a María, a la Iglesia se concretó para Catalina en un tiernísimo y activo amor hacia los demás, especialmente hacia aquellos que se hallaban en la pobreza espiritual o material: es conocida su dedicación a los enfermos, a los leprosos, y en particular a los afectados por la peste de 1374. De este modo ella manifestaba claramente que el verdadero amor a Dios, para el cristiano auténtico, se expresa en el amor al hermano: “Siempre es conveniente que nuestras almas coman y saboreen las almas de nuestros hermanos. Y con ningún otro alimento debemos deleitarnos jamás; ayudándolas siempre con toda solicitud, deleitándonos en recibir penas y tribulaciones por su amor” (Carta 147).

Después de seis siglos, la figura, la obra y la enseñanza de Catalina de Siena, resultan vivas, actuales, fascinantes. Y mi peregrinación a esta ciudad estupenda, este encuentro con vosotros, en esta iglesia que la vio niña, pequeña, muchacha, joven madura, crecer y correr por el camino de la santidad, ha querido ser una invitación a estudiar y profundizar cada vez más en la vida y en la doctrina de esta mujer extraordinaria y Santa singular, que Dios ha dado no sólo a la Iglesia de la segunda mitad del siglo XIV, sino a la Iglesia peregrina de hoy y de mañana, que en Catalina admira y podrá admirar siempre tanto la obra misteriosa de la gracia de Dios, como la plena disponibilidad de la criatura a hacerse instrumento dócil en las manos amorosas de la Providencia, para sus inescrutables designios[5].

Sobre todo vosotras, mujeres de esta comunidad, dirigid vuestra mirada a santa Catalina de Siena: el típico genio femenino, que la hizo intrépida y valiente, os impulse a ser fuertes, constructivas y creativas en el amor a Dios y en la solicitud por vuestros hermanos[6].

  1. Conclusión:

Ya que hemos aprendido, siguiendo la doctrina de la Doctora de Siena, que: “es imposible que la virtud exista, que sea perfecta, que dé frutos sin intermedio del prójimo”[7]; pidamos por su mediación la gracia para todas las Servidoras de incendiar nuestro corazón con la llama ardiente de la caridad, de manera que trabajemos incansablemente por “el bien integral de todo hombre, descubriéndole su naturaleza, su dignidad, su vocación sus derechos inalienables, su libertad, su destino eterno, logrando la meta de la fe, la salvación de las almas” (cf. Const. 15).

M. María del Niño Jesús
Monasterio “Santa Teresa de los Andes”
Argentina


[1] “Diálogo”, c. 5.

[2] Homilía de su Santidad Juan Pablo II, en el VI centenario de la muerte de Santa Catalina de Siena, (Basílica de San Pedro, 29/04/1980).

[3] Discurso del Santo Padre Juan Pablo II, a las autoridades y al pueblo de Siena, (14/09/1980).

[4] Carta Apostólica Amantissima providentia, del Sumo Pontífice Juan Pablo II, al cumplirse el VI centenario de la muerte de Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia (29/04/1980).

[5] Discurso del Santo Padre Juan Pablo II en la Basílica de Santo Domingo (Despedida de Siena, 14/09/1980).

[6] Homilía del Santo Padre Juan Pablo II. Visita a la Parroquia romana de Santa Catalina de Siena (10/10/ 1999).

[7]  “Diálogo”, c. 10.