Toma de habito Italia

Quiero agradecer muy especialmente a la M. María de Jesús Doliente por la invitación a predicar en esta Misa de Toma de hábito. Es para mí un honor y una alegría muy grande presidir esta Santa Misa en la cual un grupo de Novicias va a recibir el hábito religioso.

El Credo que profesamos habla de la existencia de dos mundos, “el visible y el invisible”. Hay un mundo maravilloso que vemos con los ojos del cuerpo y otro mundo más maravilloso aún que no vemos de este modo.

Todo lo que aparece ante nuestros ojos es parte de un mundo. Es un mundo inmenso, que llega hasta las estrellas. Este mundo comprende todo lo que se ve.

Además de este mundo que vemos, está el otro mundo, igualmente próximo a nosotros pero mucho más maravilloso, que solo puede ser alcanzado mediante la fe. A nuestro alrededor hay innumerables ángeles, que van y vienen, y que aun cuando no los vemos, velan constantemente por nosotros. Allí están también las almas de nuestros seres queridos que ya han partido de entre nosotros.

En el mundo que no vemos está Dios, que existe de un modo más real y absoluto que todas las cosas que podemos percibir con nuestros sentidos.

Ahora bien, aunque invisible, este otro mundo está presente ahora. El Reino de Dios está dentro de nosotros (cf. Lc 17,21). Por esto, nosotros “no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Co 4,18), nos dice San Pablo. Y también, “nuestra conversación está en el cielo” (Fil 3,20); y “vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3).

Es evidente que el mundo que vemos es el escenario de un gran conflicto, o sea del antiguo conflicto entre el bien y el mal. Pero es en el mundo invisible donde se libran las principales batallas: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en el aire” (Ef 6,12), dice San Pablo.

Entonces, hay aquí una gran paradoja: para poder comprender el mundo visible es necesario mirar aquel invisible. Dicho en otras palabras, sin el mundo invisible esta vida verdaderamente no tiene sentido.

El cardenal Newman en una célebre homilía que lleva el título “La cruz de Cristo, medida de todas las cosas”, dice que la llave para pensar y hablar correctamente acerca del mundo visible no es otra que la Cruz de Cristo. La Cruz ha dado el verdadero valor a todas las cosas que vemos.

 “¿Quieres saber cómo apreciar cada cosa?”, dice el beato Newman, “Mira fijamente la Cruz. En la Cruz y en Aquél que cuelga de ella, se encuentran todas las cosas… La Cruz es el centro de todas las cosas y su clave de interpretación. Porque Él, al ser levantado sobre ella, pudo atraer a todos los hombres y a todas las cosas hacia Sí”.

La Cruz nos proporciona el verdadero significado a los problemas, tentaciones y sufrimientos de este mundo. De este modo, la Cruz nos enseña a vivir, y a usar adecuadamente de este mundo. Nos indica qué debemos esperar, qué desear, y en qué debemos confiar.

La sabiduría de la Cruz no aparece a simple vista o ante una mirada superficial. Se trata de una doctrina escondida, que yace bajo un velo, pero que sin embargo contiene la clave de interpretación y el verdadero sentido de esta vida.

El Papa Francisco lo decía hace unos días: “el triunfo de Jesús al final de los tiempos será el triunfo de la Cruz, la demostración de que el sacrificio de sí mismo por amor al prójimo, a imitación de Cristo, es la única potencia victoriosa y el único punto seguro en medio de los acontecimientos y las tragedias del mundo” (Ángelus 15-XI-15).

Pienso con gran alegría que luego de esta santa Misa estas Novicias llevarán la Cruz de Cristo – bajo la forma de la Cruz de Matará – a todos, por todas partes, y para toda su vida.

La sola presencia de las religiosas, su hábito, es un recuerdo del mundo invisible. Todo lo que hace un alma consagrada, su misma presencia, es un recuerdo de la existencia del mundo invisible.

Ya sea que se encuentre rezando en la iglesia, o en la escuela enseñando a los niños, o realizando obras de caridad, visitando a los pobres, enfermos, o minusválidos, la vida entera de una religiosa está entregada a realidades invisibles. Todo lo que intenta hacer es recordar a los hombres que el tiempo es breve, y una eternidad nos espera.

Pienso entonces en toda la gente que por la presencia y el testimonio de estas hermanas se acordarán de Dios: en sus futuros apostolados, dondequiera su Congregación las envíe: sea trabajando con niños, o con jóvenes, en las escuelas, en las parroquias, en hogares de caridad, o en sus visitas a las familias. Pienso en los niños y en los jóvenes que por el contacto con estas hermanas quedarán marcados para toda su vida. Lo mismo sucederá cuando estén en sus casas junto a sus parientes y amigos.

Cuando en las vicisitudes de esta vida se encuentren con gente que no cree en Dios y en las realidades invisibles, que ha perdido la esperanza y por tanto lleva en su interior un profundo vacío, cuando encuentren gente que tiene una profunda necesidad de ver el mundo tal como Dios lo ve, estas hermanas podrán recordarles que existe otro mundo más maravilloso que el que vemos, y que Dios está más cerca de nosotros de cuanto podemos imaginar.

Estas jóvenes hermanas llevarán a cabo en sus vidas la empresa más importante, la más segura y más hermosa que se pueda pensar: la de llevar a todos, con la Cruz, la luz de Cristo. Darán testimonio de la Cruz a cuantos han olvidado sus promesas bautismales, y ya no saben distinguir entre el bien y el mal.

Y a partir de ahora harán esto siempre y en todas partes: cuando vayan de compras, cuando caminen por la calle, o cuando estén de viaje, en el tren, en ómnibus o en avión… Esto sucederá aquí y en la misión a la que sean destinadas en el futuro. Y sucederá a partir de ahora, por todos los días de su vida, y hasta el último respiro…

En su libro Dio o niente (Dios o nada), dice el cardenal Robert Sarah, recordando la obra de los padres misioneros en su pequeño pueblo natal en Guinea: “Agradezco a los misioneros que me han hecho comprender que la Cruz es el centro del mundo, el corazón de la humanidad y el punto de anclaje de nuestra estabilidad. De hecho, no existe un solo punto fijo en este mundo para asegurar el equilibrio y la solidez del hombre. Todo el resto es movible, cambiante, efímero e incierto: ‘Stat Crux, dum volvitur orbis’ (‘Solamente la Cruz permanece estable, mientras el mundo gira alrededor de ella’). El calvario es el punto más alto del mundo, del cual podemos ver todo con ojos diversos, con los ojos de la fe, de amor y del martirio: los ojos de Cristo”[1].

Estas hermanas nos recuerdan que debemos “buscar primero el Reino de Dios y su justicia” y de este modo todas las cosas de este mundo “nos serán añadidas” (cf. Mt 6,33). Y que “sólo les será posible gozar verdaderamente de este mundo a aquellos que comiencen por el mundo invisible”, como dice el beato cardenal Newman, “sólo podrán gozarlo quienes primero se hayan abstenido de él. Sólo podrán festejar verdaderamente el banquete los que primero hubieren ayunado. Sólo son capaces de usar de este mundo quienes han aprendido a no abusar de él. Sólo lo heredan los que lo han tomado como una sombra del mundo venidero, y quienes por ese mundo venidero lo ceden”.

Que María Santísima proteja siempre bajo su manto a estas Novicias.



[1]Robert Sarah, Dio o niente, Catntagalli, 2015, p. 27.